lunes, 1 de febrero de 2010

El crudo del ITT siembra miedo y esperanza

En Nuevo Rocafuerte y en las comunidades kichwa, hay quienes creen que el petróleo mejorará su situación. Otros están seguros que afectará a sus vidas.

Un enmohecido ‘árbol de Navidad’, de unos 2,50 metros de alto, está casi perdido entre árboles y arbustos. Pese a su nombre, para una parte de las 15 familias que viven en el sector resulta una suerte de símbolo de temor. Aunque otros también lo miran como un designio de esperanza.

Los naporuna de Yanayacu, una comunidad kichwa, conviven con este armazón de válvulas desde hace más de tres décadas. Se encuentran en las riberas del río Tiputini y a 45 minutos de navegación en deslizador hasta Nuevo Rocafuerte, cabecera cantonal de Aguarico, adonde se llega tras navegar más de 300 km desde Coca en lanchas o deslizadores.

Por un camino sinuoso y abriendo paso entre la vegetación, Carlos Papa guía hacia el sitio. Explica que es la señal de que allí está el pozo Tiputini, en la punta noreste de la zona de amortiguamiento del Parque Nacional Yasuní.

Este será el primero en ser explotado si prospera el plan petrolero del Gobierno en el bloque Ishpingo-Tambococha-Tiputini (ITT). La otra propuesta es dejar ese crudo bajo tierra.

Papa indica una válvula mal cerrada por donde gotea el espeso líquido negro, que contamina el suelo, los pequeños cultivos y el bosque del lugar.

El nativo de 23 años y profesor de la zona confiesa que los miembros de su comunidad y de otras afrontan una seria disyuntiva: es o no conveniente para ellos que se explote el crudo del bloque Ishinpingo-Tambococha-Tiputini (ITT). “Los dirigentes y los jóvenes piensan que les darán trabajo”.
Con el riesgo por derrames de crudo. Los niños y sus padres de las comunidades kichwa tienen al Napo como su principal fuente de agua.
Eso lo confirma Clemente Kindiwa, de 55 años y habitante de la parroquia Edén. De visita a la vecina parroquia Pañacocha, paradero de las embarcaciones que van desde y hacia Nuevo Rocafuerte, cuenta que, por ejemplo, la compañía Oxy les pagaba USD 40 mensuales por cada 150 metros de mantenimiento de la vía.

También les contratan para limpiar la maleza en la línea del oleoducto. Pero no todos tienen esa posibilidad. Les piden educación básica, récord policial, vacunas…

Juan Tapuy, nativo de Edén-Yuturi, es un monitor ambiental de Petroamazonas. Dice que eso le ayuda para mantener a su esposa Rosa Noa y a sus hijos Laydi (16), Alirio (12), Jonas (4) y Laura (2).

A eso de las 15:00 del martes 19, mientras brinda chicha de yuca a sus familiares para que calmen la sed ante los más de 35°C, relata que el único sustento era el cultivo de la chacra y las cada vez más infructuosas pesca y caza.

Su vivienda, rodeada por plantas de cacao y otras nativas, es de tabla y techo de zinc, con un solo cuarto grande y el fogón.

Papa agrega que también se piensa que la explotación del ITT les ayudará a mejorar sus comunidades. Hoy carecen de los servicios elementales. Yanayacu solo tiene una escuela con dos aulas, una batería sanitaria inservible y el comedor aún en construcción. No cuenta con un dispensario médico ni con energía eléctrica.

Con la indemnización que dio la petrolera Oxy, Tapuy y sus vecinos hicieron la escuela y el dispensario médico, y una parte se repartieron entre los 150 socios.

Algo parecido ocurre con las comunas huaorani, como la de Dabo y Nambae, en el sur y centro del Yasuní. Se conformaron con que les construyan casas de hormigón y escuelas. Para evitar sus protestas, las petroleras les arman canchones con cubierta y casas comunales, les dan motos, lanchas e incluso autos.

En los asentamientos de colonos como Nuevo Rocafuerte y Pañacocha también hay quienes piensan que les sacará del estancamiento y del subdesarrollo en que están sumidos.

Pero Papa dice que ese progreso solo será pasajero. “Algunos jóvenes que salen a estudiar en el colegio empiezan a darse cuenta de que la explotación del ITT será peor para nosotros y para el calentamiento global”. Daniel, Elías y Modesto Condo, y Romel Papa, de la comunidad Chiro, saben que la explotación petrolera dañará sus siembras de cacao, maíz, café…
“Vivimos de lo que cosechamos y vendemos cada cuatro meses en Pompeya (feria de los sábados, a dos horas del Coca en auto)”.

Tapuy cree incluso que el ruido de las máquinas y las cuadrillas de obreros alejaron a los panguiles, a los monos y a otros animales y aves, volviendo más difícil sobrevivir de la caza.

En los bosques cercanos a los pozos, campamentos y poblados ya es imposible encontrarse con las manadas de monos, tapires, saínos o aves grandes. Hay que adentrarse en la selva por al menos tres horas de navegación en canoas o lanchas pequeñas.
En compensación, Tapuy señala que “la empresa (Oxy) nos ayudó con un criadero de 40 pollos criollos cada tres meses. Era para que comamos, aunque también los vendemos para con eso comprar arroz, papa, cebolla…”.

Pero Nathalie Rodas, microempresaria turística de Nuevo Rocafuerte, critica que “ese asistencialismo les vuelve cada vez más cómodos. Eso ocurre hasta con el bono que da el Gobierno”. Calcula que un 60% de los 1 000 habitantes de esa urbe recibe ese subsidio. “Como saben que tienen seguro ese dinero cada mes, abandonaron sus cultivos de yuca, maíz, plátano. Se pasan en sus casas sin hacer nada” y se abastecen de productos que llegan del Perú.

El temor del capuchino José Miguel Goldáraz, radicado en la región desde hace 38 años, es mayor. “Si se explota el ITT sería una repetición aún más grave de lo que ha pasado en Sacha y Shushufindi. El petróleo, por más remediación que haya, siempre va a ensuciar”.

Manuel Amunaris, director del hospital de Nueva Rocafuerte, revela que aumentan los casos de paludismo, dengue, problemas digestivos y otras enfermedades. Los naporuna son los más afectados. Viven sobre todo en las riberas del Napo que circunda la parte norte del Yasuní. Y junto con afluentes como el Yasuní y el Aguarico son afectados por continuos derrames de crudo.

A diferencia de los huaorani, que se refugiaron adentro del Parque Yasuní, los naporuna o kichwa se quedaron por estar acostumbrados a un largo contacto con los mestizos.
Hoy son desplazados de sus territorios para dar paso a los campamentos y a los pozos petroleros. Les obligan a reubicarse y a cambio las petroleras les dan dinero por seis meses para que compren comida y ayuden a replantar sus cultivos. Mas sus hábitats y sus vidas no se recuperan más.

La mayor mina verde y negra del Ecuador, reconocida desde 1979

Los biólogos y científicos insisten en que se trata de una de las mayores reservas naturales del planeta, por la cantidad de especies tanto vegetales como animales que guarda.

Pero también los expertos petroleros tienen en la mira al Parque Nacional Yasuní por ser una de las mayores reservas de crudo.

En el afán de proteger a su biodiversidad y a sus culturas se han establecido diversas designaciones en torno al Parque Nacional Yasuní, centro de la polémica.

En 1979 se lo declaró Parque Nacional (982 000 hectáreas) y 10 años después, por su gran biodiversidad, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y Cultura (Unesco) lo designó Reserva de Biósfera (2 366 182 ha).

Y al siguiente año, el Estado ecuatoriano también lo reconoció territorio huaorani (612 560 ha) para su uso exclusivo.

Hasta que en 1999, mediante el Decreto Ejecutivo 552, se le declaró Zona Intangible Tagaeri Taromenani (744 531 hectáreas de acceso prohibido), para proteger a los dos pueblos que se encuentran en aislamiento.

Pero al mismo tiempo, el Parque Nacional Yasuní ha estado acosado por los intereses petroleros. Actualmente bajo su suelo guarda al menos 1 209 000 000 de barriles de crudo pesado, como reservas probadas en los bloques ITT; 16, Bogui-Capirón y Tivacuno, de Repsol; 14 y 17 de Petroriental; y 31 de Petroamazonas.

Incluso la parte sur del ITT y el bloque 31 están dentro de la Zona Intangible.

A eso se suman bloques como el Perenco de Petroamazonas, que se encuentran dentro del territorio huaorani y de la Reserva de Biósfera. Fernando Villavicencio, dirigente petrolero, y Esperanza Martínez, activista ecológica, reiteran que el empeño de explotar el ITT es para evitar la reducción drástica de las reservas de crudo pesado a explotarse en el país.

Faltó socialización

Walter Baquero, dirigente de Pañacocha, considera que la propuesta ITT se hizo sin socializar con todos los habitantes. “El propósito es bueno. Pero debieron consultarnos”.

Baquero también señala: “No sabemos cómo quedará el Yasuní, después de ese pequeño período de bonanza que traería el ITT. Habría, con conciencia y perspectiva de futuro, analizar si conservar o explotar”.

Luis Tonato, coordinador de proyectos comunitarios, manifiesta que la explotación del ITT replicaría los conflictos sociales, fragmentación de las comunidades, dependencia hacia las petroleras y abandono del Estado.

La afectación directa será para los alrededor de 300 tagaeri y taromenane (no contactados). También a 6 050 naporuna asentados en las riberas del Napo, 1 000 shuar y unos 6 000 colonos.

6 050
HABITANTES
kichwa se relacionan con el Yasuní y sufren los efectos de la explotación petrolera.


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