viernes, 12 de febrero de 2010

Después del Yasuní ya nada puede ser igual

Texto: Jaime Plaza. Fotos: Diego Pallero. Desde el Yasuní

Adentrarse en sus bosques y navegar por los torrentosos ríos de aguas turbias permite descubrir miles de seres y escenas únicas.

¡Alista un plan para que te vayas al Yasuní! ¡Qué bien! Esa disposición fue el salvoconducto a una inmersión en ese mundo verde de millones de seres que viven entre los gigantescos árboles y sinuosos ríos de aguas turbias.

A media tarde del jueves 14, en la ajetreada sala de Redacción surgió la idea de encomendarme una misión: constatar cuál mismo es el tesoro que guarda el rincón más extremo del hoy tan mencionado Parque Nacional Yasuní.

Había que documentar la riqueza de este santuario natural antes de que alguien decida ir por el oro negro oculto en sus entrañas, en el bloque Ishpingo-Tambococha-Tiputini (ITT).

Y la expedición empezó, aunque por un mal cálculo de tiempo y el caotizado tránsito vehicular de Quito perdí el último turno aéreo del lunes 18 al Coca. La alternativa era un viaje de 10 horas en bus. Pero temprano al siguiente día, tras un vuelo de 30 minutos, ya estuve en la urbe amazónica, puerta de ingreso al Yasuní.

El tortuoso trámite de un permiso de ingreso y los titubeos del administrador de la lancha demoraron la salida a Nuevo Rocafuerte. A más de 300 km aguas abajo por el río Napo, es el poblado más próximo al ITT.

El viaje en deslizador, cuyo alquiler cuesta USD 800, ayuda a llegar al primer destino en 6 horas. La otra opción es la lancha del Consejo Provincial de Orellana, cuyos turnos son los martes, jueves y sábado. Cuesta USD 15, pero tarda como 14 horas.

Paisaje del Parque Nacional Yasuní. Zona de explotación del ITT

Al fin zarpó la misión hacia el Dorado amazónico. Me acompañaron el capuchino José Miguel Goldáraz, la madre Tania y mi compañero, Diego Pallero, responsable de filmar y hacer cientos de fotos de paisajes y de todo lo que se mueve en el bosque o río.

Frenazos repentinos o zigzagueos pronunciados de la lancha advertían de que el caudal del Napo está tan bajo que, por estos días, navegarlo resulta una odisea. Aún así es una vía transitada por lanchas, canoas a remo y gabarras cargadas de tanqueros, volquetas, camiones, contenedores... que abastecen a las petroleras y a los pueblos de la zona.

Se pasó por Pompeya, una suerte de mercado donde se vende carne de selva; Edén Yuturi, Yanayacu (donde está el pozo Tiputini) y otros. Unos sándwiches de atún y refrescos apaciguaron el hambre. Hasta que, en pleno atardecer, apareció Nuevo Rocafuerte.

Allí, aunque hay un cierto orden en el trazado de ocho cuadras de largo por dos de ancho, la mayoría de sus 1 000 habitantes se lamenta por el abandono. Hace 8 años el alcalde se llevó la sede del Cabildo a la parroquia Tiputini, al otro lado del Napo. Hay pasos cebra en las esquinas, pero ni un solo vehículo, apenas cuatro motos. El traslado de una comunidad a otra se hace en lancha, aunque es complicado porque cada galón de gasolina cuesta USD 3 y es un producto restringido.

¡Qué alivio! Desconectado de todo, porque no hay señal de celular y apenas se sintoniza la emisora HCJB. La TV se capta solo por satélite. Una habitación con paredes de madera, en el Hotel Oropéndola -hay tres más- fue suficiente para recuperar energías y al siguiente día continuar con la aventura en el Yasuní.

En una lancha, César Rodas, un ex obrero de petroleras, nos guió por el río Yasuní, justo en el límite con Perú. Mientras avanzábamos, el bosque empezó a maravillarnos. Aves como el Martín Pescador o el Cacique entre los frondosos árboles y las pequeñas tortugas charapas que tomaban sol sobre algunos troncos.

Hasta que tras dos horas de navegación, apareció un delfín rosado. Pero tan esquivo que Diego apenas pudo captarlo. Al adentrarnos en el bosque se reforzó la afirmación de que es un santuario de biodiversidad. Ni se diga cuando descubrimos un nido de perdiz con cuatro huevos de azul intenso o unos bulliciosos guacamayos en las copas de ceiba de hasta 40 m y un carpintero con su estruendoso toc, toc, toc. Rodas insistía que con más tiempo y paciente vigilancia se puede ver saínos, pecaríes y más.

No podía faltar la acogedora bienvenida de la naturaleza. De eso se encargaron unos diminutos, pero feroces insectos parecidos a unas garrapatillas que se habían pegado al cuerpo y se dieron su festín de sangre extraña. Luego vino un baño inesperado ante un intenso aguacero, que enseguida dio paso a una invasión de vapor que emanaba del río, apenas volvió a aparecer el sol. Y para qué decir más: el Yasuní es un paraíso.

Fuente:

2 comentarios:

Valentí Zapater dijo...

Me gustaría ponerme en contacto con Jaime Plaza y Diego Pallero.

Gracias,

Valentí Zapater
www.shan.cat
info@shan.cat

Unknown dijo...

Puedes contactar al Sr. Jaime Plaza en "Twuitter" @jaimeplazaecu
Blog El Ojo Verde de Ecuador http://elojoverdedeecuador.blogspot.com/
Cordiales saludos
Atte,

Huagra Ñaupa
@huagranaupa

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