lunes, 14 de diciembre de 2009

Ramón Piaguaje, el pintor de la selva

Ramón Piaguaje, el pintor de la selva

Texto y Fotos: Moisés Pinchevsky

El bosque nativo de Sucumbíos es el hogar del artista secoya que con su arte ha llevado los colores de la Amazonía ecuatoriana al mundo.

(Con la deforestación) Los monos salían arrastrándose medio muertos como si fueran bebés humanos. Pobrecitos. Algunos se salvaron al pasarse al bosque de la comunidad”.
Ramón Piaguaje

Cada ser viviente que respira en los verdes escenarios del bosque amazónico es protegido por Mahuajó, un guardián secoya vestido con túnica azul, corona de plumas de tucán y collar de semillas brillantes, que a pesar de su metro de estatura es tan poderoso que puede convertirse en cualquier criatura del bosque.

El príncipe Carlos premió a Ramón Piaguaje el 17 de febrero del 2000. Su cuadro Amazonía eterna se destacó entre pinturas enviadas por más de 20 mil artistas del mundo.

Solo puede ser observado por los chamanes después de haber bebido la esencia de la planta alucinógena llamada ayahuasca. Y maldito sea el mortal que logre observarlo en alguno de los recovecos de la selva... porque queda loco, desquiciado, perturbado, sin alma, sepultado en la oscuridad de la inconsciencia. Por eso ningún secoya se atreve a buscarlo. Solo confían en que permanezca cumpliendo su labor ecologista en la espesura de ese bosque de laberintos profundos que desde siempre ellos han llamado su hogar.

El pintor Ramón Piaguaje, de 47 años, comparte esa historia sobre las creencias de su pueblo. Sin embargo, aclara: “Desde los 18 años mi vida está entregada a Cristo Jesús. Él es el único Dios verdadero que está sobre todas las cosas”. Los misioneros cristianos han llevado la palabra de Dios a los 400 secoyas ecuatorianos que habitan en las 40 mil hectáreas de las comunidades de San Pablo de Catëtsiaya y Siecoya Remolino Ñe’ñena, ubicadas en la parroquia San Roque, cantón Shushufindi, y en El Eno, localizada en la parroquia Tarapoa, cantón Cuyabeno. Las tres en la provincia amazónica de Sucumbíos, al nororiente del país.


El taller del pintor está junto al bosque nativo de su comunidad.

Piaguaje reside en los alrededores de San Pablo, en una humilde casa de dos pisos de madera y techo de zinc que está rodeada por una plantación de plátano y un patio de tierra asaltado por el correteo bullicioso de sus tres hijos menores, además del revoloteo de cuatro perros adultos, tres cachorros y una veintena de gallinas de plumaje blanco impecable.

Aquí transcurre la rutina del pintor que en diciembre de 1999 se enteró de que había ganado el primer premio del concurso Our World in the Year 2000 (Nuestro mundo en el año 2000), auspiciado por el príncipe Carlos de Inglaterra. El 17 de febrero del 2000, el futuro monarca lo recibió en el palacio de Saint James, en Londres, para homenajearlo por haber triunfado con su obra Amazonía eterna. Esta se destacó entre los trabajos de 22.367 artistas que en su mayoría presentaron cinco pinturas cada uno. Piaguaje dedicó un mes a hacer solo una. “Pero cuando la terminé sentí que Dios me decía que era el ganador”.


Primero dibuja la naturaleza en papel para captar los detalles y formas con realismo.

El curador personal del príncipe Carlos viajó a San Pablo para anunciarle personalmente a Piaguaje que había ganado y para comprobar que realmente existía tan extraordinario pintor de la Amazonía. “Me dijo que mi cuadro era de un gran realismo y que contenía más de 300 colores. ¡Algo sorprendente!, me aseguró”. Y en febrero se lo llevó al Reino Unido para la premiación.

“Durante mi entrevista con Carlos en el palacio de St. James le pregunté si él realmente era un príncipe (una traductora intermedió en la conversación). Me dijo que sí. Entonces le respondí que estábamos a la par, porque yo era un príncipe de la selva”, bromea Piaguaje sobre esa anécdota que realmente ocurrió y que fue divulgada por los diarios de Europa.

El príncipe de Gales y el príncipe de la selva se reunieron aquel día al que califica como feliz y memorable. Hoy, casi nueve años después, Piaguaje me invita a su estudio para, acompañado de sus pinceles, tubos apretujados de colores y obras inconclusas, abrir el baúl de su memoria y conocer sus inicios como artista.


Amazonía eterna

Paralizado frente a la grandeza
Ramón Piaguaje nació, efectivamente, de la realeza. Sus padres eran respetados chamanes y líderes de su comunidad secoya, cuyos hombres pescan, cazan y siembran maíz, yuca, arroz y plátano para subsistir, mientras que las mujeres se dedican a tejer artesanías con fibras vegetales. Es el último de seis hermanos y desde pequeño se sintió atrapado por los colores del bosque. “Caminando con mis padres y hermanos, de repente me quedaba rezagado. Me paralizaba por varios segundos mirando el paisaje, tratando de dibujarlo en el aire con mi dedo”, recuerda este indígena que a los diez años también utilizaba su dedo para trazar escenarios sobre la arena de las playas del cercano río Aguarico.

En la escuela dibujaba los paisajes amazónicos con plumas y lápices en papeles que luego entregaba a una misionera estadounidense a cambio de galletas y dulces, señala con una voz limpia que transmite una paz que es herencia de su pueblo. “Los secoya somos gente tranquila, nuestro camino es el diálogo y no interrumpimos a quien nos habla”, indica, sin embargo, sus leyes castigan el adulterio y la traición con la muerte. El padre de un hijo infractor debe entregarlo a la comunidad para que sea atravesado por las lanzas de chonta. “Pero hace cuarenta años que no ocurre algo así”, afirma y comenta que el cristianismo los ha alejado de esa vía de justicia.


El artista cuida que sus obras capturen los aspectos más mínimos y sutiles de la vegetación.

“El arte era vaguería”
Su interés por el arte tuvo un receso desde los 21 años de edad, cuando se casó. “Debía dedicarme a trabajar la tierra, cazar y pescar. Ponerme a pintar era visto como vaguería por mi esposa”, recuerda el artista, quien aún gusta de esas actividades, sobre todo de la caza. Por eso recuerda que a los 23 años se internó solo en el bosque y mató con su escopeta dos cerdos salvajes de 80 libras cada uno. “Me los trepé a los hombros y caminé por varias horas hasta llegar a casa. Mi mujer me recibió, me dio de comer y caí desmayado del cansancio”.

Regresó a su vocación artística y autodidacta en 1990, cuando el antropólogo William Vickers, quien vivió en la comunidad secoya por varios años, le regaló una caja de pinturas de óleo. Aquello brindaba nuevos horizontes a Piaguaje, quien hasta entonces solo había trabajado con los negros y rojos que extraía de semillas del bosque. Su primera exposición fue dos años después en la Universidad Católica de Quito. Fueron siete obras que se vendieron a unos 700 sucres cada una. “Constituyó una grata sorpresa para el arte. Se iniciaba el descubrimiento de una historia biográfica-artística”, escribió Stella Barrera, quien entonces comenzó a surtir de lienzos y óleos al artista.

Fue Barrera quien como representante en el Ecuador de la compañía británica de materiales de arte Windsor & Newton, que organizó el concurso Our World in the Year 2000, convenció a Piaguaje de participar en ese evento internacional, que tardó un año en analizar las obras de los participantes para determinarlo como ganador… para cambiarle la vida.

Desde entonces sus cuadros han sido solicitados por quienes están dispuestos a pagar los más de 15 mil dólares que vale cada uno. Sin embargo, no es un hombre adinerado. Sus recursos los utiliza para ayudar a obras sociales que impulsa la iglesia cristiana de su cantón, como la construcción del templo y la compra de motores fuera de borda. También tiene una casa en Quito y una camioneta Toyota roja doble cabina del 2005 que disfruta de manejar para pasear con su familia.

En la comunidad gusta, al igual que otros secoyas, de vestir su tradicional hábito, andar descalzo (sus pies son grandes y gruesos), beber chicha de maíz y comer carne de guanta. Aunque para salir a Shushufindi, Lago Agrio o Quito luce camisetas y jeans de marcas extranjeras, bebe jugo de naranja en botella y come galletas empaquetadas en plástico.


El artista posa en casa con su sobrino Jaime (11 años), su hija Marly (12), su nieta Emilia (3), su sobrina Mélida (13, pariente secoya venida del Perú) y su hijo Johnny (7), cuyo hermano gemelo, Michel, no consta.

Protector del bosque
El taller de Ramón Piaguaje está en el altillo de la primera casa que habitó cuando se casó a los 21 años. Está a un kilómetro de la vivienda donde hoy reside con su esposa y tres hijos menores. Se mudó para estar junto al camino de tierra que lleva a sus pequeños a la escuela. Los tres mayores estudian carreras universitarias en Quito, por eso su padre semanalmente maneja ocho horas por la vía Shushufindi-Lago Agrio (Nueva Loja)-Quito para visitarlos.

El taller tiene unos 15 m². Sus muros constan de tablones de madera clara y grandes ventanales cubiertos por mosquiteros que permiten que la luz natural alumbre una repisa de madera empotrada y una mesa de plástico blanco donde apoya sus instrumentos de trabajo.

Este es el ambiente donde Piaguaje no pinta lo que ve. Pinta lo que siente, lo que conoce. Así lo hicieron los franceses Claude Monet con las campiñas y Henri de Toulusse Loutrec con los burdeles. Piaguaje utiliza preferentemente tonos verdes y cafés que prevalecen para darles forma a las hojas, troncos, lianas, tallos, palos y musgos que componen sus imágenes del más puro realismo.

Su técnica es simple: camina desde esta casa hasta que las sombras del cercano bosque nativo comienzan a abrazarlo. Con su lápiz o pluma dibuja en papel los trazos de las enredadas formas de la naturaleza que observa para, posteriormente, transferirlos al lienzo a través de la pintura al óleo. Este proceso puede tomar un mes de trabajo hasta completar los más mínimos detalles expresados en las hojas más pequeñas (cientos o miles de ellas).

Suele pintar de atrás hacia adelante, por lo que primero se asoman los contornos alejados para luego destacarse las hojas y ramas que parecen escaparse del lienzo a través de la perspectiva y las sombras. La selva es su hogar, la selva es su alma. “Airo ñacaiye” significa proteger la naturaleza en su idioma nativo. Son palabras que brotan de su corazón. Por eso sus ojos transmiten angustiosa resignación cuando le pregunto por qué en este cantón Shushufindi hay tantas hectáreas sembradas de palmeras aceiteras. Después me entero que son cerca de 10 mil hectáreas de bosque nativo que en la década de los años setenta fueron concedidas a una empresa privada por el entonces Instituto Ecuatoriano de Reforma Agraria y Colonización (Ierac).

Era tierra considerada “baldía”, pero donde respiraban cientos de miles de árboles centenarios que daban cobijo a los tigrillos, boas, monos, aves, guantas y demás animales del bosque. Todos murieron bajo el paso de las sierras y los tractores. En los años noventa, la concesión de tierras creció (unos ancianos secoyas me dicen que se triplicó) y Piaguaje recuerda haber visto la matanza. “Los monos salían arrastrándose medio muertos como si fueran bebés humanos. Pobrecitos. Algunos se salvaron al pasarse al bosque de la comunidad”, recuerda.


El bosque que rodea su hogar le brinda los escenarios que ha estado plasmando en sus obras desde niño.

Los colores de la fe
El sol de la tarde comienza a pintar en ocaso cuando salimos del taller para mostrarme el área donde acostumbra captar los escenarios de sus obras. Toma una hoja y empieza a bosquejar un penacho de hojas retorcidas asomadas en un tronco seco, mientras escucha el griterío de las aves que a esta hora despegan de sus nidos para alimentarse de semillas y frutos. Estamos en el mundo maravilloso del poderoso Mahuajó, quien supuestamente protege la naturaleza. Otra leyenda local señala que cuando un secoya muere es recibido en el paraíso por una mujer que le brinda una bebida sagrada en un recipiente que luce vacío. Solo el secoya que se sirva la bebida con fe, a pesar de no verla, podrá ingresar a la salvación.

¿Por qué uno de los mejores pintores del Ecuador aún reside alejado de la civilización, en lo profundo de la selva de Sucumbíos? La respuesta también está en la fe: “Dios me ha bendecido al darme aquí un hogar feliz; aquí tengo todo lo que necesito: mi familia, mi casa, mi bosque, mi río, mi alegría; aquí tengo los escenarios de mi arte, aquí soy feliz”. No se le puede pedir más a la vida.

Contacto: jpiaguaje@fibertel.com.ec

Fuente: La Revista

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