sábado, 19 de junio de 2010

Casos en las islas

El cormorán, y otras aves, constituyen un verdadero zoológico de la naturaleza de Las Encantadas.
Desde Las Encantadas
Paula Tagle
nalutagle@eluniverso.com

A ratos, debo confesar, me dan ganas de salir corriendo, cuando ocasión tras ocasión se topan los mismos temas, y además, no se llega a nada, ni conclusión ni solución.

Sin embargo, qué grato puede ser sentarse a departir con los compañeros, sobre todo, cuando se trata de guías de verdad. ¿A qué me refiero con lo de guías de verdad? A aquellos que optaron por este trabajo porque tenían auténtica vocación, y no porque no hubiera nada más que hacer, o motivados por el dinero y el dinero nada más.

¿De qué habla la gente en una reunión aquí?

Entre guías naturalistas de Galápagos la conversación suele girar alrededor de su fauna.

Cristina Rivadeneira nos hace reír hasta más no poder con la historia de un lobo “roba cámaras”. Ella y su grupo hacían buceo de superficie en Gardner. Nadaban en una dirección cuando de pronto vieron cómo un lobo, feliz, iba en sentido contrario con cámara digital en el hocico. ¡Se la había robado de la manga a un pasajero! Cristina entonces partió tras el lobo, nadando lo más rápido que pudo. Cuando el lobo descubrió que venían por él, se dedicó a seguir el juego, y empezó a dar vueltas alrededor de Cristina como diciendo ‘alcánzame si puedes’.

Un segundo lobo se unió al grupo, así uno le mostraba la cámara mientras el otro le halaba la tira del wet suit; Cristina se había convertido en juguete de estos animales. Tuvo que venir otro guía a ayudar. Armaron un plan que funcionó. Mientras Cristina hacía piruetas bajo el agua para distraer a los lobos, Jason vino por detrás para finalmente arrancharle la cámara al animal.

Gilda González cuenta que mientras miraban dentro de una piscina de entre mareas, un niño del grupo perdió sus gafas; de un hueco oscuro salió un pulpo que ni corto ni perezoso agarró las gafas entre sus tentáculos. Gilda intentó por todos lo medios de recuperarlas. Cuando metía lentamente su mano en la piscina, el pulpo sacaba alguno de sus tentáculos pegajosos para tocarle la muñeca”.

Luego optaron por darle los pedazos de caparazón mudado que encontraron en los alrededores, a ver si el pulpo quería intercambiar. Con el primer caparazón mostró algo de interés, pero al tercero, simplemente lo agarró con un tentáculo y lo hizo volar frente a los ojos de Gilda, como diciendo ‘no me engañas, esto no es cangrejo de verdad’. Luego de batallar por más de media hora, Gilda logró recuperar las gafas.

Y Gabriela Bohórquez nos hace reír con la historia del cormorán que perseguía iguanas y las jalaba de la cola, llevándoselas lo más profundo posible. Gilda comenta que “ha de ser el mismo que hace un año me sacó un pedazo de dedo”, y Cristina piensa que puede ser el cormorán que una vez se le trepara a la cabeza mientras hacía buceo de superficie. “De pronto todo se volvió oscuro, se me apagó la luz”. Y era porque las patas del cormorán cubrían la máscara por completo, “y ya no podía respirar bien”, porque el cormorán picoteaba su tubo, “y el muy sabido intentaba pescar trepado en mi cabeza”.

Así, una tras otra, las anécdotas de los animales nos alegraron la noche. Si bien antropomorfizamos sus comportamientos, era obvio que todos los presentes vivimos en las islas sintiendo genuino amor por sus otros habitantes. Guías que observan, que disfrutan, que se cuestionan, que no importan los años que pasen, siempre se deslumbran con la maravilla de la vida.

Fuente: La Revista Guayaquil, Ecuador

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