miércoles, 17 de noviembre de 2010

Domador que educa

Juan Bernardo Bermeo trabaja con el caballo Whisky
en su centro de doma india en Cayambe (Pichincha)..
Por Moisés Pinchevsky
Fotos: Víctor Álvarez

Whisky estaba furioso. Sacudía sus patas con violencia, como queriendo golpear lo que fuera: el portón que quería aprisionarlo, el carro que acababa de traerlo, el hombre que buscaba tranquilizarlo, todo bajo un sol que brillaba intenso aquella tarde de jueves. El caballo Whisky, de 7 años de edad, llegó con mala actitud al Centro de Doma India Equinoccio (Cayambe, a 80 minutos de Quito); el mismo comportamiento irascible que, semanas atrás, lo había impulsado a sacudirse del lomo a su propietario como si fuera una pelusa. Era la tercera vez que ocurría, y desde entonces nadie quiso montarlo.

“(El animal) cuestiona la autoridad, no respeta al ser humano; patea, intenta morder, no se somete”. El quiteño Juan Bernardo Bermeo (el hombre que buscaba tranquilizarlo) pone en palabras la actitud del caballo. Lo hace un día después de su violenta llegada. “El dueño lo trajo para ver si podemos hacer algo, porque así no le sirve, no puede montarlo”, dice el experto, de 33 años.

Bermeo es un tipo alto y delgado, que ama a los caballos como quien ama el mar, la familia o la vida, o sea, de manera natural y embelesada, sin amedrentarse ante la posibilidad de que una patada lo hiera seriamente. Quizá por ello le ha ocurrido tres veces.

Aprendió a lidiar con caballos desde pequeño, ya que su abuelo tenía una hacienda en las afueras de Quito. Siendo adolescente estudió equitación y salto dentro del país y en Alemania, y a su regreso al Ecuador se convirtió en jinete para competencias provinciales y nacionales.

Por doce años se dedicó a esa actividad, pero sentía que le faltaba una pieza en su rompecabezas vivencial con esos animales. “Era la doma. Yo trabajaba con caballos que ya habían sido amansados, sometidos, por eso sentía que no comprendía la naturaleza salvaje del animal”, indica.

El destino parece ayudar a las almas que descubren su propósito. Es algo que solemos llamar casualidad. Una grande le ocurrió hace cuatro años durante una feria de caballos en Argentina, donde observó una exhibición de doma de caballos realizada por Óscar Scarpati y su hijo Cristóbal. 
Juan Bermeo toma al caballo, pero lo afloja para ganar su confianza. Estas técnicas solo son hechas por expertos y nunca agreden al animal.

Ellos habían desarrollado un sistema de doma basado en el respeto a la naturaleza del animal, no en la fuerza. “Óscar había convivido con esos animales durante muchos años de joven, incluso pasó mucho tiempo viviendo como parte de una manada. Y su hijo nació y creció entre caballos”, explica Juan sobre ese dúo que bautizó su sistema como “doma india”, ya que Óscar utilizó los principios que aprendió de un indio ranquel (originario de Argentina), quien como amigo le transmitió su cultura y su filosofía de vida, dentro de las cuales estaba el caballo, animal caracterizado por su nobleza hacia el ser humano.

Desde entonces, Juan ha viajado en ocho ocasiones a Argentina para tomar los cursos con los Scarpati, convirtiéndose en uno de sus discípulos y representante del sistema doma india para Ecuador. En ese país también tomó cursos sobre la doma del estadounidense Monty Roberts, quien escribió el best seller El hombre que susurraba a los caballos y que inspiró una película.

“Lamentablemente en el país hay mucho maltrato a estos animales. Buscan someterlos con la fuerza, los lazan, los arrojan al suelo, los montan y para avanzar utilizan látigos y espuelas”. Eso aumenta el estrés del caballo y del domador.

Tal situación se presenta tanto en el caballo de raza como en el criollo. “La doma tradicional es interpretada como un duelo entre el domador y el caballo, para ver quién gana el pleito. Esta forma de concebir al caballo es errónea. Al respetar su naturaleza nos resultará sencillo contar con su voluntad para lograr el objetivo: que aprenda lo que queremos enseñarle”, indica.

¿De manada o depredador?
Lo principal es entender los papeles que el animal tiene registrado en su naturaleza. Allí ve al ser humano como depredador, mientras que el equino es un animal de presa y de manada. Por ello el miedo del caballo cuando el hombre lo enfrenta con violencia en la doma convencional. 

En ese juego de roles el caballo pierde aquello que valora más: la sensación de seguridad. Por eso quiere defenderse del depredador, cuyo esfuerzo es recompensado con el sometimiento de su presa. 

Aquí se produce una analogía interesante. “El ser humano tiene metas a corto plazo de depredador (quiero ser primero, quiero ganar, quiero tener más, quiero ser más fuerte, quiero tener más poder, quiero estar arriba), pero a la vez sus metas a largo plazo son de animal de manada (seguridad, estabilidad, una familia, compañía) “y esto ha llevado al hombre a tener conflictos internos. Está actuando como depredador a corto plazo, pero para alcanzar metas de animal de manada a largo plazo”. Entonces se produce una sensación de necesidades no satisfechas.

El animal de manada suma voluntades para desarrollarse como individuo y como grupo en un ambiente de seguridad. Aquella armonía se rompe cuando llega un depredador violento. 

“Domar es establecer una relación armónica y no traumática. Un caballo agresivo significa que ha sido maltratado. Suele ser culpa del dueño o el entrenador, pero no del animal”, explica Bermeo antes de trabajar con el agresivo caballo Whisky. En lugar de enfrentarlo con rudeza, el experto se aproxima con sutileza y aprovecha cualquier oportunidad para acariciarlo en los sitios en que generalmente el animal sería atacado por el depredador: el cuello, el lomo, las patas. Así se va ganando la confianza del equino en un proceso que también incluye ejercicios, como hacerlo correr en círculos o sostenerle una pata delantera provocando que pierda el equilibrio, pero sin hacerlo caer. “Entonces lo suelto, para que entienda que pude haberlo tumbado pero no quise. Lo dejé libre para que me tome confianza”.
Tras una hora de trabajo, el experto se gana la confianza del caballo y logra montarlo. En este ejercicio el animal lo recibe en el suelo.
Miembro y líder de la manada
En la primera media hora, Whisky responde con intentos por patear y morder a Bermeo, quien con paciencia lo acaricia cuando tiene la oportunidad. Siguen los ejercicios (y esporádicas respuestas violentas del caballo), hasta que una hora después el animal parece someterse permitiendo que el entrenador monte con suavidad. “Es algo que mi ayudante pensaba que lograríamos después de semanas de trabajo”, pero la paciencia del jinete hizo que el animal comience a aceptarlo como parte de la manada.

Y también como su líder, aquel que le impone límites, pero le brinda seguridad. El caballo pasará un mes completo de tratamiento para asegurarle al dueño que nunca volverá a lanzarlo al suelo. “Pero también depende de que trate bien a Whisky, que lo respete”. Si no, significa que ese propietario no merece ese animal, agrega Bermeo.

Curiosamente, explica que lo mismo ocurre cuando una persona ‘depredadora’ irrumpe en los grupos (manadas) en que se desenvuelve. Todo lo que toca lo convierte en violencia. Mientras que el camino contrario, sembrado de empatía y respeto, brinda la ansiada armonía.
Fuente: La Revista Guayaquil, Ecuador

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