lunes, 19 de julio de 2010

El ceibo, gigante que ayuda a equilibrar el ecosistema costero

Entre la vegetación de la vía a la costa resalta el ceibo ubicado junto al centro comercial Piazza de Los Ceibos.
Si extendemos los brazos, no importa lo altos que seamos, es imposible abrazar un ceibo adulto, su diámetro va de uno a dos metros, generalmente, pero se han registrado de hasta cuatro. Ni hablar de subirse por cuenta propia a la copa de uno de estos árboles gigantes, pues su estatura va de los veinte a cuarenta metros, y su tronco no tiene grietas para escalar.

El ceibo es un árbol típico del bosque seco tropical, que en Ecuador se encuentra distribuido principalmente entre Manabí, Santa Elena, Guayas, El Oro y Loja. Con mayor presencia en el Parque Nacional Machalilla y el cerro Montecristi, Manabí; Golfo de Guayaquil, isla Puná, Cerro Blanco y en la Reserva Ecológica Manglares-Churute, Guayas; y en el suroccidente de las provincias de Loja y El Oro, en la frontera con Perú.

Dentro del bosque seco crece este gigante para mantener fijo ese suelo con sus enormes y fuertes raíces tablares (las principales sobresalen del suelo) y ayudar a la estabilización y control de la erosión de la tierra. Mientras, si se encuentra cerca de fuentes de agua, ayuda al mantenimiento y regulación del ciclo hidrológico, porque al almacenar líquido en su tronco en época de lluvias y filtrarla al suelo en etapa de sequía, conserva activo al suelo.

Pero para ser tan grande y fuerte, un proceso que le puede tomar hasta 100 años, debe protegerse. Lo hace desde pequeño. El ingeniero forestal Johnny Ayón, estudioso de la especie y parte del equipo de Fundación Pro Bosque, explica que uno de los principales mecanismos de protección que le permite al ceibo alcanzar su madurez es que en su estado juvenil, en la cuarta parte de los cerca de 150 años de vida que tiene, su tronco está totalmente cubierto de fuertes espinas cónicas, cortas o gruesas.

Entre edificios de la av. Pedro Carbo, en el centro de Guayaquil y junto a una estación de la Metrovía, varios ceibos dan sombra.
Lo hace porque al ser un árbol que retiene mucho líquido en su tronco, su madera es blanda, pero lo suficientemente fuerte para protegerse de los roedores que intentan rasgar su corteza. Con estas espinas evita que lo dañen en su proceso de crecimiento, para poder acoger las madrigueras de diferentes mamíferos, años después.

Con el tiempo, su tronco se ensancha en la mitad, parte que se convierte en casa de murciélagos frugívoros (que se alimentan de frutos), pero continúa su ascenso con su diámetro promedio, hasta que empiezan las ramas, en invierno cubiertas por abundantes hojas, grandes flores color rojo púrpura de aspecto aterciopelado y pétalos blancos que pueden llegar a rosado.

Las ramas con formas diversas sirven de hogar a especies de aves, especialmente de las colembas, que tejen sus nidos colgantes en los extremos de las más altas para mantenerse alejadas de sus depredadores y ver nacer a sus crías.

Su fruto es una cápsula de color café oscuro, colgante, de donde brotan las semillas, que después son dispersadas por el viento. Lo que no se lleva la brisa es una especie de lana que nace entre las ramas y que suele ser recolectada para rellenar almohadas, generalmente, pero no se usa para tejidos, por ser de corta extensión.

Llega mayo y ese viento que dispersó sus semillas ahora se lleva sus hojas. El gigante decide desnudarse para ahorrar energía. “El ceibo es una de las pocas especies que realiza su proceso de fotosíntesis (convierte la energía luminosa en química) desde su tronco”, explica Ayón. El color verde de todas sus extremidades se lo permiten. Almacena agua y energía en cada centímetro de su corteza y deja ir sus hojas para mantenerse con vida hasta las próximas lluvias, añade.

El biólogo Eduardo Cueva, de la Fundación Naturaleza y Cultura, especializada en bosque seco de la región tumbesina (desde el sur de Esmeraldas hasta el norte del Perú), detalla que una de las principales amenazas de esta especie en Ecuador es la expansión de la frontera agrícola y el crecimiento de ciudades como Guayaquil, Machala y Portoviejo.

También dice que muchas de estas especies fueron destruidas cuando la caza de loros no estaba regulada y se procedía a atrapar de forma indiscriminada a esta ave que construía y aún construye sus nidos en este gigante.

Otra amenaza para esta especie ancestral, además del crecimiento urbano, es la expansión del área de sembríos de secano (en época seca), como el maíz, refiere el ingeniero forestal Juan Valladolid, de la estación de Olón de Fundación Natura. Él explica que el ceibo se ha salvado de la industria maderera porque su cuerpo es blando, a diferencia del guayacán, pero su tamaño representa una molestia para los agricultores de la zona costera que necesitan mucho sol para sus sembríos, o simplemente más espacio para producir.

Él lamenta que no existan ordenanzas municipales que prohíban la tala de ceibos, en cada una de las ciudades donde crece esta especie, porque si llegase a desaparecer, se eliminaría la principal característica del bosque seco, y estos espacios quedarían llenos de arbustos de mediano tamaño.

Cueva, especializado en la región tumbesina, resalta que esta especie es un gigante representativo de una región rica, de clima lluvioso durante cuatro meses y seco por ocho, donde la topografía diversa y la influencia de los vientos húmedos provenientes del océano Pacífico han generado que en Guayaquil, por ejemplo, se encuentre una amplia gama de hábitats, como manglares, matorral espinoso, bosques secos y bosque húmedo tropical.

En Guayaquil, donde antaño predominaba el bosque seco, algunos ceibos sobreviven entre el asfalto, y los ceibos adultos permiten que muchos citadinos intenten abrazarlos.

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