viernes, 1 de abril de 2011

Maravillas que ver


Los gavilanes de Galápagos son en su mayoría de las islas, poliándricos, es decir, la hembra se aparea con varios machos.

Desde Las Encantadas 
Paula Tagle 
nalutagle@eluniverso.com

Fauna juvenil

“Creo que volvemos a ser niños cuando nos topamos con una criatura ‘inmadura’, es decir, que no ha alcanzado la madurez sexual, y que en muchos casos depende todavía de sus progenitores, o de uno de ellos”.

¿Por qué será que siempre nos cautivan los bebés, no importa del animal que se trate? Tal vez nos reconocemos en esos primeros pasos, aleteos o chapuzones, dependiendo de la especie. Sea un lobito marino, o una pequeña tortuga gigante, nos quedamos hipnotizados observando cada movimiento, a veces torpe, a ratos gracioso; sin embargo, sabemos que es inaugural, un primer andar en una vida que empieza.

Creo que volvemos a ser niños cuando nos topamos con una criatura “inmadura”, es decir, que no ha alcanzado la madurez sexual, y que en muchos casos depende todavía de sus progenitores, o de uno de ellos. Reconocemos la ingenuidad al explorar el mundo por primera vez, esa curiosidad por probar hasta dónde llegan las propias fuerzas y destrezas, y de conocer, palpar, descubrir lo que existe alrededor.

Me he quedado extasiada contemplando a cuatro gavilanes juveniles sobrevolando Bahía Gardner, en la isla Española. Primero daban vueltas en círculo, como queriendo rivalizar en majestuosidad, cuando eran ya notables con sus alas de 120 centímetros de envergadura. Pero al momento de la caza, se notaba todavía su inexperiencia. Por eso estaban allí, en viaje de entrenamiento, acompañados de un par de adultos machos, seguramente padres de al menos dos de ellos.

Porque los gavilanes de Galápagos son en la mayoría de las islas, poliándricos, es decir, la hembra se aparea con varios machos, que en la isla Pinta puede llegar a ser incluso con siete. Ella pone hasta tres huevos, por tanto, no todos los machos serán necesariamente progenitores de estos pequeños. Pero como no hay forma de saberlo, igual colaboran en la alimentación y crianza de los polluelos, entonces el éxito de supervivencia será casi del 100%.

Así estos adultos posiblemente estaban pendientes de su entrenamiento como cazadores; sirviendo de ejemplo hasta que se conviertan en buenos representantes de un ave de presa que está al tope de la cadena alimenticia de Galápagos.

Un juvenil se clava entre los arbustos salados, va detrás de un cucuve, pero la pequeña avecilla sale airosa, escabulléndose entre las ramas y armando un barullo que se incrementa con el ruido de sus compañeros de playa. Otro gavilán se posa sobre la lava, escudriña entre las fisuras, parece estar tras una iguana pequeña, que ni loca se atrevería a salir de su escondite, no con aquel jovencito afuera. Sobre un arbusto se posa el juvenil más bello de todos. Este no hace intentos de mostrar ninguna pericia. Con tan solo su presencia, estática y escultural, ave de garras fuertes, pico ganchudo y listo, todos los pinzones y canarios salen ya despavoridos.

Los adultos únicamente contemplan desde las alturas. Sobrevuelan el sitio, advierten, tal vez con orgullo, tal vez con aprobación o cierta decepción los intentos de sus jovencitos. Tal vez los observan con nostalgia, un poco como los miro yo. Nostalgia de la ingenuidad propia a los que recién empiezan, de ese sentirse invencible, conquistador de cualquier empresa, capaz de emprender en innumerables aventuras. Los gavilanes continúan su vuelo, y a mis pies, un lobito de meses empieza a coquetear con la gente. Otra vez me embeleso, ahora más bien con el andar patuleco de este pequeño. Tan vulnerable, y sin embargo, seguro que se siente inmune al peligro, por la gracia que otorga la inocencia.
Fuente: La Revista Guayaquil, Ecuador

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