miércoles, 1 de mayo de 2013

Vientos alisios sureños: Equilibrio natural


León marino y luna llena, foto de Enrique del Campo.
Desde Las Encantadas
Paula Tagle
“Si en algo pudiera describir el momento, usaría las palabras equilibrio e interconexión. Viento, océano, fauna, flora y yo, somos un solo ente, con la Luna, por sobre todas las cosas”.
Me encantaría saber qué hace de estos días lo que son. Casi estoy por concluir que el fenómeno acontece cuatro albas antes de la luna llena, y que las condiciones se optimizan si corren los vientos alisios del sur, fríos y esponjosos de neblina.
Seguramente meteorólogos del Ecuador ya lo han descifrado, o los viejos marineros que con el olfato perciben si habrá tormenta o mar calmo. No intento inventar el agua tibia, pero lanzo a los lectores mi pregunta: ¿Será que aquella ventana de magia y equilibrio perfecto se abre con la luna creciendo, a un asomo de ser totalmente redonda, blanca y perfecta? Me refiero al mar prístino, al aire que hiela los huesos, a las tortugas marinas flotando apacibles, a pingüinos correteando anchoas mientras los gaviotines se aprovechan de las que se escabullen en la superficie. Hablo de gaviotas de cola bifurcada reunidas en aguas someras, posadas levemente, esperando el atardecer para salir a pescar, al unísono, en mar abierto.
La marea está muy baja, casi la más baja del año, y asoman moluscos extraños, estrellas nunca antes avistadas, conchas y caracolas, púrpuras, gorgonias. Algas verdes cuelgan de las rocas como helechos, desbordando abundancia ante las iguanas marinas, que ya han comido tanto a este punto, que más bien se agrupan satisfechas y agradecidas, apilándose para enfrentar el frío de una noche que se anuncia gélida.
Un par de lobos de dos pelos aparece de una cueva e intenta pasar por sobre un gran macho lobo de Galápagos, tres veces su tamaño. El macho gruñe, los peleteros buscan alternativas entre las rocas. Sin embargo, no queda otro remedio, no hay más ruta que esta y, muy caraduras, se arriesgan a andar sobre las aletas traseras del gran macho. No estalla la guerra, más bien el gigante marino opta por fingir distracción, concediendo el paso a esta otra especie, pequeña y ágil, con quien comparte los mares y las costas de Galápagos.
Si en algo pudiera describir el momento, usaría las palabras equilibrio e interconexión. Viento, océano, fauna, flora y yo, somos un solo ente, con la Luna, por sobre todas las cosas.
Quisiera ser capaz de predecirlo, aunque también es bueno que irrumpa de sorpresa. Salgo a cubierta y una bocanada de viento me azota en la cara, alborota mi cabello y me alborota el alma. Y allí lo reconozco, es un día de esos. Miro al cielo, la Luna resplandece, cuatro de la tarde y sonríe sobre los volcanes de Isabela, aun faltándole área de blanca redondez, (se asemeja al menisco de mi rodilla izquierda, antes de una gran caída).
Hay silencio, una raya salta a la distancia, las aletas de los mola mola comienzan a hacerse visibles. No cabe duda, la rejilla se ha abierto. Hay que respirar hondo, prepararse para lo que sea. Que tal vez llegarán también delfines y ballenas, o a lo mejor Fernandina se desborda en efusiones de lava. No, no estoy loca, créanme que pasa, como cuando los astrólogos prometen una conjunción de planetas. Acá, al oeste de Isabela, con la luna casi cuajada y los vientos soplando del sur, la ventana de magia se abre y yo me pierdo. Respiro y me pierdo, totalmente, en ella.
Fuente: La Revista Guayaquil, Ecuador

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