miércoles, 15 de agosto de 2012

Sumergida El otro paraíso

El fondo marino de Las Encantadas es un fascinante mundo lleno de criaturas y especies que las convierten en únicas.
Desde Las Encantadas
Paula Tagle
A diez metros bajo el agua hay una criatura inmóvil. Un pasajero me la señala. Definitivamente se trata de un lobo de dos pelos. Está gordito, de bigotes gruesos, hocico chato, como un oso de mar. ¿Juega a hacerse el dormido? ¿Se detuvo el planeta? No, los peces siguen con su rutina de comer...”.
Hay ocasiones en que estoy particularmente sensible a la existencia de “las criaturas de este singular universo” (citando a Borges). ¿Será por la baja marea, o la luz nítida que nos envía nuestra estrella central? ¿Seré yo, que por haber leído hasta tarde, amanecí con quién sabe qué sector receptivo del cerebro?
Salto al agua transparente, de perfectos 22 grados centígrados, con visibilidad de 20 metros, y una explosión de belleza ataca mis sentidos. Primero el tacto, deliciosa sensación la del mar empezando a enfriarse gracias a la corriente de Humboldt.
Luego la vista, que el azul tirando a turquesa me hincha los ojos en su esplendor. Oigo cómo peces loros mastican coral, un sonido de fondo, constante. ¿Estaré olfateando, saboreando, la sal de crustáceos de la zona de entre marea, o lo imagino?
Distingo una raya sartén, preciosa, marmoleada, desplazándose con gracia entre las rocas, se escabulle en un túnel, aparece otra vez; pero no tiene cola.
Me choca lo absurdo de la situación; un lugar perfecto, como pintado de acuarelas, y la pobre criatura anda por los océanos sin mecanismo de defensa. ¿Le crecerá otra vez? Lastimosamente las rayas no son como las lagartijas, capaces de regenerar su cola. ¿Se la habrá mordido un tiburón? Ya no tiene aguijón; ¿a quiénes picarán las rayas de todas formas?
Entro a la cueva; parece Disneylandia, por lo calmo y divino del sitio. Navego con mi máscara, embelesada en un mundo de pececitos rojos (cardinales) y decenas de chanchos (tantos que me cansan en su abundancia).
De pronto los cardúmenes se alarman, una macarela ha aparecido de la nada y acecha. Ondulando el cuerpo vuela a través del agua, dejando su rastro de arcoíris. Parece que se ha comido a alguno. ¡Ups! No era tan Disneylandia como parecía.
Es una mañana feliz; como si estuviera enamorada por primera vez. A veces pasa que estamos más sensibles, o que el día está particularmente hermoso.
Hoy ocurrieron las dos cosas.
Un lobito juguetea conmigo, yo bajo, él sube, yo subo, él baja. Y en una de esas, buscándolo, miro hacia la superficie. Arriba es afuera, otra densidad, otra luz que se refracta.
Siento como que voy brincando, pero no, voy nadando. Alguien vio una tintorera, otro, un grupo de rayas doradas, ¡me lo perdí! ¿Andarían también, desfachatadas, sin cola? En este paréntesis de mundo surreal en que me he sumergido, todo es posible.
A diez metros bajo el agua hay una criatura inmóvil. Un pasajero me la señala. Definitivamente se trata de un lobo de dos pelos. Está gordito, de bigotes gruesos, hocico chato, como un oso de mar. ¿Juega a hacerse el dormido? ¿Se detuvo el planeta? No, los peces siguen con su rutina de comer, pelear, desparasitar.
No cabe duda, el lobo está muerto, en posición fetal. Pienso en la propuesta de mi amigo Xavier de organizar el Tour del fondeo. Cuando los guías ya no tengamos más que darle al mundo, él nos lleva al crucero último, nos ofrece buceos alucinantes y los corona con un fondeo final.
Miro otra vez al lobo. Descansa en el fondo del mar, para siempre. No sé si estoy triste, no me permito estarlo; es parte del ciclo natural, del que no podemos abstraernos. Avanzo aún entre colores, ya se ha picado el viento, se va nublando el cielo, la vida sigue.
Fuente: La Revista Guayaquil, Ecuador

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