martes, 21 de agosto de 2012

Adiós Jorge: No más extinciones

Jorge y su cuidador de muchos años, Fausto Llerena.
Desde Las Encantadas
Paula Tagle
“Esta es una oportunidad para reflexionar que como humanos tratamos un desarrollo infinito en un planeta finito; olvidamos que la naturaleza tiene límites y que debemos respetarlos”.
Mientras daba mi charla de siempre, me sorprendo a punto de decir: “Son once subespecies de tortugas gigantes en Galápagos”; me doy cuenta de que en una semana desde mi presentación anterior la información ha cambiado. Ahora son diez. Una se ha extinguido en mis narices. La garganta se me cierra, y debo respirar profundo para no llorar frente al público que a pesar de todo nota mi tristeza.
Ya mis padres y amigos me habían llamado a dar el pésame. Entre guías y pasajeros recurrentemente tocamos este asunto, e incluso dos días atrás entrevisté a Fausto Llerena, quien fuera parte del grupo de catorce personas que lo trajera de Pinta a Santa Cruz en 1972. Pero apenas ahora me ha “caído el sucre”, y entiendo que Jorge no estará más con nosotros.
Fausto me confió: “Ha sido como perder un miembro de mi familia. Jorge me reconocía, y cada mañana que me acercaba a su corral él llegaba hasta mí, estiraba la cabeza y abría la boca como para darme la bienvenida”.
Fausto se dedicaba a Jorge desde hace treinta y nueve años. “Me sorprendí el domingo 24 de junio de que no estuviera donde suele amanecer cada día. Me le acerqué, tenía la cabeza sobre el piso. Lo toqué preguntándole: ¿Cómo estás?, ¿como así te quedaste acá? Seguí tocándolo. No lo creía, casi hasta ahora no lo creo”.
Wacho Tapia, director técnico del Parque Nacional Galápagos, se nota igualmente consternado. “Realmente fue una sorpresa. No esperábamos que su muerte ocurriera tan rápido. Seguramente Jorge tenía sobre los cien años, pero las tortugas de Cinco Cerros en Isabela se ven incluso mayores y siguen reproduciéndose”.
Dice Wacho que, lamentablemente, esta no es la primera, sino la especie número catorce que se extingue en las islas.
Desde la creación del centro de crianza del Parque Nacional Galápagos en 1965, cerca de cinco mil tortuguitas han sido repatriadas, es decir, los trabajos de restauración y conservación en el archipiélago son ejemplos de éxito para el mundo. Pero, lastimosamente, Jorge era el único ejemplar de su especie, y no hubo forma de hacerlo reproducir, ni siquiera con hembras que compartían información genética bastante similar.
La necropsia muestra un hígado de colores y texturas diferentes, tal vez producto del desgaste por envejecimiento.
Pensábamos que Jorge estaría con nosotros para siempre, un símbolo de lo que no debe ocurrir ni en Galápagos ni en el mundo. ¡Pero ya no está!
Wacho sostiene: “Esta es una oportunidad para reflexionar que como humanos tratamos un desarrollo infinito en un planeta finito; olvidamos que la naturaleza tiene límites y que debemos respetarlos”.
Wacho solo lloró cuatro veces en su vida, esta es la quinta. Fausto intenta esconder el par de lágrimas que ruedan por sus mejillas al referirse a su amigo Jorge. Los guías que lo visitamos por tantos años extrañamos su figura en ese ahora corral desierto (bueno, las hembras compañeras de Jorge aún lo habitan; incluso parecen estar más activas, desplazándose por donde antes jamás se atrevieran, en los dominios exclusivos de Jorge).
La gente de Santa Cruz, conmovida, organizó una marcha con velas la noche después de su muerte, para recordarlo. Mi barco navega con la bandera a media asta.
Hemos sido testigos de la extinción de una especie, además de la muerte de un personaje querido que, en su soledad e inocencia, dio mucho a las islas.
Velemos porque ninguna otra especie llegue a la extinción como consecuencia del impacto humano; que no haya más solitarios Jorges en nuestro planeta.
Fuente: La Revista Guayaquil, Ecuador

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