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martes, 26 de octubre de 2010

Un futuro incierto para el área más diversa del país

Niños de la comunidad Ange, ubicada dentro del Parque Nacional Yasuní,
improvisan y adaptan sus juegos diarios al entorno natural en el que se desarrollan.
Alexandra Ávila | COCA

Áreas protegidas
Está marcado por la abundancia y la belleza. Allí, en medio de formaciones vegetales únicas, conviven diversas especies de aves, mamíferos y anfibios, que dan forma a una de las áreas más biodiversas del mundo. Según la Pontificia Universidad Católica de Quito, solo en 50 hectáreas existen más especies de árboles que en Estados Unidos y Canadá juntos.

El Parque Nacional Yasuní (PNY) es el área protegida más grande del Ecuador continental y una de las tres reservas de biósfera con las que cuenta el país (con las islas Galápagos y el Gran Sumaco), reconocido por el programa El hombre y la biósfera, de la Organización de las Naciones Unidas para la Ciencia y la Cultura (Unesco). 

En cuanto a la fauna del PNY, el Ministerio del Ambiente ha determinado que existen más de 610 especies de aves, entre las que se destacan guacamayos, loras, tucanes, paujís y el águila harpía. Se han registrado 200 clases de mamíferos, que corresponden al 57% de toda la fauna de mamíferos del Ecuador. Entre ellos, 81 especies de murciélagos.
Un árbol matapalo, especie predominante en el área.
Sin embargo, debido a la expansión agrícola, deforestación y cacería indiscriminada de carne de monte (guanta, venado, entre otros), decenas de especies están en peligro de extinción y el mono araña y el chorongo ya desaparecieron. 

El PNY, cuya planta de guardaparques no llega ni a diez personas, también alberga algunas especies acuáticas de mamíferos como el manatí, el delfín rosado y la nutria gigante, según el Ministerio del Ambiente. 

Pero la riqueza de especies no es lo único que existe en ese pedazo de paraíso verde. Debajo, en las entrañas de la tierra se esconden millones de barriles de crudo que son apetecidos por las empresas petroleras y por el propio Estado.

Mientras que las comunidades Kichwa y Huaorani reclaman obras, educación, salud y territorio; y los denominados pueblos no contactados, Tagaeri y Taromenane, han demostrado en escasas apariciones que solo quieren impedir la destrucción de la selva, de su casa, según cuenta Esperanza Martínez, cofundadora de Oilwatch, red de organizaciones que dan seguimiento a los impactos petroleros locales y globales. Trabajan en campaña para proteger al Yasuní desde el 2006 en conjunto con su filial en Ecuador, Acción Ecológica.
La tortuga de tierra recorre las comunidades pobladas.
En el Parque se explotan unos diez pozos petroleros y con el ingreso de las empresas que los manejan aumentó la población. “La colonización no es accidental, es motivada por las empresas. Toda operación petrolera necesita alguien que cuide las instalaciones. Uno de los tantos casos es cuando la petrolera Repsol asumió el Bloque 16. Provocó una colonización de los mismos huaorani al abrir una carretera (Pompeya-Sucumbíos-Napo)”, relató Esperanza Martínez, de la Fundación Acción Ecológica.

Martínez asegura que el mayor daño que han hecho las petroleras es social y cultural. “Ellos hicieron que el pueblo Huaorani se vuelva un pueblo mendigo. Cada vez que abren un pozo negocian las bandejas de comida”.

En la última década se han desarrollado talleres y conferencias para reflexionar sobre los problemas que enfrenta el área protegida más grande y biodiversa del país, pero no se ha ejecutado ningún cambio trascendental que mejore el futuro incierto del Yasuní. 

Una muestra es el Plan de Manejo, elaborado en el 2002. En él se proponía identificar las áreas estratégicas que debían explotarse para el turismo, reforzar la seguridad del PNY con la implementación de guardaparques, impulsar proyectos sociales en beneficio de las comunidades; sin embargo, la aplicación de ese plan implicaba una inversión de medio millón de dólares y, según expresa David Romo, coordinador del Área de Biología de la Universidad San Francisco de Quito y miembro del comité de gestión del Parque, “el Estado le asignaba $ 4 o $ 5 mil hasta el 2004, y en el 2007 el presupuesto llegó a descender hasta $ 1.000”. Añade que “ese plan tenía vigencia hasta el 2004, pero jamás se aplicó por falta de recursos económicos”. 

Cuando se negociaba el tema de la licencia ambiental para el Bloque 31, el Comité de Gestión buscó que las petroleras financien el mantenimiento del área, pero el Estado solo negoció dos vehículos, que en vez de ir al Parque fueron para los funcionarios del Ministerio del Ambiente, destacó Romo. 
El Parque Yasuní alberga cuatro tipos de bosque y sus
temperaturas anuales oscilan entre los 23 y 25°C.
“Si no se logró superar ni una inversión de $ 10 mil para el Parque, ¿de qué avance hablamos?”, se pregunta. El presupuesto con el que cuenta esta entidad ahora debe repartirse con el funcionamiento de la Dirección Provincial del Ambiente en Coca.

Este Diario intentó comunicarse con el jefe del Parque, Santiago Bonilla, pero se encontraba en recorridos de campo dentro del Yasuní.

En ese plan operativo se propuso también el apoyo a las comunidades indígenas que viven en la zona. Sin embargo, Giovanni Rivadeneira, presidente de la comunidad Kichwa Añangú, recalcó que todo lo que su comunidad posee (transporte semanal por el río Coca, centro médico, energía eléctrica, escuela y colegio) es por su propio esfuerzo y por las utilidades que genera el turismo a través de la administración de una hostería ecológica. 

Guillaume Fontaine, coordinador del programa de investigación de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, reseña que desde su creación, en 1979, el número de habitantes en la zona, la falta de coordinación entre los órganos administrativos y políticos del Estado que intervienen (Ministerio del Ambiente, Ministerio de Recursos Naturales no Renovables, consejos provinciales de Orellana y Pastaza, y los municipios), no permiten que un plan de gestión se concrete. A esto, el investigador le suma el uso inadecuado de los recursos naturales, entre los que se destacan: la explotación de madera en la zona vía Auca, extracción de especies silvestres y el uso de métodos no apropiados (dinamita, barbasco, químicos) en las actividades de pesca.
La laguna de Angacocha es el hogar de grandes caimanes.
Los habitantes de las comunidades cercanas
respetan este espacio, donde los reptiles
se alimentan de especies más pequeñas.
Erradicar el problema de la tala indiscriminada de madera fina, como el cedro seique (que se va a Colombia), implicaría que el Estado entre a trabajar en las comunidades, pero hasta ahora a la “ministra (Marcela Aguiñaga) no se la ve impulsando algún plan en el Parque”, añade David Romo.

Este problema no es nuevo y nace de la delimitación del área. Según el Plan de Manejo, la superficie actual del PNY es de 982.000 hectáreas; sin embargo, el mismo Ministerio del Ambiente reconoce, en otros documentos, que no hay límites definitivos, y las instituciones locales lo confirman. 

Aunque el Plan de Manejo del PNY, elaborado en el 2002, admite que “existe una confusión sobre los límites de la Reserva y su zonificación no está todavía definida”, David Romo, director de la estación de Biodiversidad Tiputini, una de las estaciones que se encuentran dentro del Parque, recalcó que un plan verdadero significa definir mecanismos y alternativas para generar recursos económicos, dotar de educación y salud, tener una visión de largo plazo. Una de las alternativas que podrían garantizar el financiamiento de proyectos en la zona es la iniciativa Yasuní ITT, que aún espera los recursos internacionales. 

martes, 20 de abril de 2010

Parque Yasuní, símbolo de la megadiversidad global

ISHPINGO, Orellana. A orillas del río Yasuní hay cientos de bejucos. El Parque Nacional Yasuní tiene 450 especies de bejucos, una muestra de su biodiversidad.
Documentadas al menos 2.224 especies de árboles, 271 de anfibios y reptiles, 567 de aves y 169 de mamíferos, la biodiversidad del Parque Nacional Yasuní es catalogada como la más grande del mundo, según varios informes, entre ellos uno realizado por un equipo multinacional de científicos y publicado en enero pasado por la revista especializada PLoS ONE.

En ese mundo verde estuvo EL UNIVERSO, en momentos en que
la OPEP conocerá el próximo miércoles la denominada Iniciativa Yasuní-ITT, que plantea dejar unos 860 mil millones de barriles de petróleo bajo tierra, a cambio de una compensación económica mundial.

Un pato aguja da la bienvenida al mundo verde oscuro del Parque Nacional Yasuní. Se muestra con sus alas desplegadas, con sus plumas azules adornadas con dos líneas blancas que corren paralelas de la cabeza a la cola. Vuela rasante al río de aguas verdosas, se levanta y desciende. Hace piruetas en el aire y cae en picada al río, en busca de comida.

Aquella escena paisajística emociona. Pero es tan solo una de las sucesivas que se aprecian en las entrañas del Yasuní, la zona más megadiversa del planeta, según varios reportes. Este es el rostro de la Pacha Mama, como se la cita a la naturaleza en la Constitución y a la que se le otorgan derechos para protegerla, como la prohibición de no explotar recursos en las zonas declaradas como reserva.

Las arañas hacen obras en las copas de los árboles.
El río Yasuní, donde juguetea el pato aguja, es uno de los cinco principales cauces de la reserva y se deja ver como dormido en el regazo verde. A sus orillas se balancean palmas y lechuguines; de las copas de los árboles caen bejucos que besan y se dejan acariciar, y besar, por el agua.

Una tortuga charapa toma sol sobre el tronco de un árbol muerto en el agua. Las charapas, cuyo caparazón puede llegar a medir un metro, constituyen la mayor tortuga de agua dulce del mundo y en el Yasuní se las ve a cada rato. Cuando ella se zambulle, a ese puesto llegan cientos de mariposas amarillas y blancas. Un guía local explica la aparente coincidencia: las charapas secretan una sustancia salinosa que es una golosina para las mariposas. Es una muestra de la convivencia entre cientos de especies en aquella reserva, de 982 km² y ubicada en el extremo oriental de Orellana y Pastaza.

La charapa es una de las 271 especies de anfibios y reptiles registrados en la zona protegida, según un estudio de un equipo multinacional de científicos, que publicó en enero pasado la revista científica PLoS ONE. El diagnóstico señala que el Parque Nacional Yasuní (creado como tal por Ecuador en 1979) constituye el récord mundial de biodiversidad, por su variedad de plantas y animales.

El doctor Peter English, de la Universidad de Texas en Austin (EE.UU.) e integrante del equipo investigador, señaló: “los anfibios, pájaros, mamíferos y plantas alcanzan su máximo de diversidad en Yasuní”. Los resultados del estudio se compilaron hasta noviembre del 2009.

Los árboles alcanzan más de 50 metros, debajo hay espesa naturaleza y una diversidad de fauna.
Ahí se advierte, además, que las reservas de petróleo del campo ITT (siglas de los sectores Ishpingo, Tambococha y Tiputini, ubicados en el Yasuní y donde hace casi una década se hicieron pozos exploratorios) constituyen un riesgo para la biodiversidad. Si se decide explotar, los daños para la reserva serían incuantificables, indica.

Justo ahora el Gobierno ecuatoriano adelanta los planes A y B sobre ese crudo. El A se lo conoce como Iniciativa Yasuní-ITT y plantea no extraer los 860 millones de barriles que están en sus entrañas, a cambio de un aporte económico mundial. El otro plan es sacar el crudo.

Una comisión presidida por el vicepresidente Lenin Moreno está de gira, hace una semana, por Medio Oriente y Europa promoviendo la Iniciativa.

El miércoles próximo el tema se presentará en la cumbre de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), en Viena.
Moreno, en una entrevista vía correo electrónico, asegura que en su gira los árabes le ofrecieron respaldo en el foro.

Un insecto muy grande se camufla entre las ramas.
“La organización tiene una bolsa de $ 6.000 millones, que usualmente destina a proyectos de desarrollo en las naciones pobres. El programa conservacionista es un tema que necesitan los países productores de petróleo, en momentos que la biodiversidad, el cambio climático, son asuntos que interesan a todo el mundo. De ahí que el Yasuní-ITT sería un proyecto bandera de la OPEP”, dice Moreno.

El río Yasuní cruza por el centro del Parque Nacional que lleva su nombre (los otros son Tiputini, Napo, Cononaco y Curaray). Nace en la misma selva. Este afluente es el acceso más distante, de los tres existentes, al Parque Nacional, a la zona del ITT, y sirve además, en una parte, como límite de la zona intangible. Esta última es un espacio de 700.000 hectáreas dentro del mismo Parque que se la define como intocable, para proteger a las tribus taromenane y tagaeri, no contactadas, y huaorani.

Luego de navegar por al menos doce horas por el río Napo se llega desde Coca a Nuevo Rocafuerte. Con no más de cien casas, una planta de luz que funciona de siete de la mañana a diez de la noche y sin telefonía celular, esta localidad es la conexión con el Yasuní, por el río.

Desde su desembocadura en el Napo y aguas arriba, el río Yasuní es una sucesión de paisajes. Un tucán vuela rasante y se posa en un ramaje. Mira a los extraños y mueve su pico curvo amarillo, grande. Más adelante se ven grandes árboles cubiertos por sombreros de telarañas. Hay tanta vegetación que cada árbol es distinto a otro. El estudio publicado en PLoS ONE cita que los científicos confirmaron que una hectárea del Yasuní contiene unas 655 especies vegetales, más que todas las que pueden encontrarse en todo el territorio de Estados Unidos y Canadá.

Un atardecer que se expresa solo.
Se han registrado, además, más de 450 especies de lianas, aquellas que cuelgan de los grandes árboles, y 313 especies de plantas epífitas (que crecen en los troncos de otras, como los hongos). Se estima que en toda el área podría haber unas 2.244 especies de árboles y arbustos.

A dos horas de navegación desde Nuevo Rocafuerte está el corazón del hoy tan nombrado Bloque ITT, al mismo tiempo se está en la zona intangible, todo dentro del Parque Nacional.

Una trocha casi invisible lleva más a las entrañas. Hay fango, un penetrante olor a humedad, a naturaleza. Una columna de hormigas soldado va a su casa, parecida a un castillo de arena. En la tierra se divisan excavaciones de guantas y saínos. Y los árboles, los arbustos espinosos y los riachuelos se cruzan como impidiendo el paso.

Es el denominado científicamente Refugio del Pleistoceno, época geológica que comenzó hace 2,59 millones de años y finalizó unos 12.000 años antes de nuestra era. La Unesco declaró en 1989 a este Parque Reserva Mundial de la Biósfera. En 1995, en Sevilla (España), una conferencia de expertos determinó que en esas reservas las únicas acciones que se pueden desarrollar, para garantizar el equilibrio y la no contaminación, son: “[...] actividades cooperativas compatibles con prácticas ecológicas, educación ambiental, recreación, turismo ecológico e investigación aplicada básica”.

Tras abrir paso en la frondosidad durante media hora desde el río aparece un claro de 2 hectáreas. Ahí está una muestra de lo que significaría la explotación petrolera. Distantes unos 150 metros entre sí están lo que los lugareños, como Efrén Cox, vicealcalde de Aguarico, llaman los muñecos. Son dos pozos petroleros abandonados, por ahora. Son parte del denominado campo exploratorio Ishpingo.

Un “muñeco” tiene inscrito el nombre Ishpingo 1, junio de 1996. Otro, Ishpingo 3, mayo del 2002. Ambos están en el interior de la zona Intangible, indica, valiéndose de un GPS, el director de Ambiente del Gobierno Provincial de Orellana, quien toma muestras de suelo, junto con los técnicos Luis Villalba y Edwin Zamora. En dos sectores, al remover la tierra, brota una sustancia negra parecida a la brea. Es crudo que quedó derramado y no se ha descompuesto, pero los análisis de laboratorio permitirán certificar aquello, dicen los técnicos. Estos pozos permitieron comprobar la cantidad de reservas de petróleo.

Más allá de ese claro hay más selva. Ahí están las especies que describe el estudio publicado por PLoS ONE. Este dice que el Yasuní es uno de los lugares más diversos de aves en el mundo, donde se han registrado 567 tipos. Protege cerca de 169 mamíferos, 40% de todas las especies de la cuenca amazónica. Así como una inmensa diversidad de peces de agua dulce con 382 especies y con más de 100 mil especies de insectos por hectárea. En cuanto a peces, en los ríos viven el paiche y el paco. En las lagunas Tambococha y Jatuncocha salta el delfín rosado.

En la frondosidad hay un sendero y al avanzar solo se escucha el trinar de las aves. De pronto se oyen voces. Antes de intentar alguna reacción aparece una pareja de indígenas huaoranis. Son Etewani Omeway y su esposa, Nemonte Aiwa. Salieron al amanecer de su comunidad Cahuimeno, en un bote, y se adentraron en la selva de cacería con su cerbatana de 6 metros de largo y una escopeta. Ella carga un cesto, con tres monos y cinco pavas, muertos. Es la cacería para subsistir, que la practican los 2.800 huaoranis y los no contactados taromenanes y tagaeris.

domingo, 18 de abril de 2010

Sitio con interés científico en aumento

YASUNÍ, Orellana. El río Yasuní es visitado ocasionalmente por científicos y turistas, que deben obtener un permiso especial.
La propuesta del Yasuní de mantener el petróleo bajo tierra, promocionada entre otras premisas como la que se trata del centro de mayor diversidad del mundo, proyectó al área protegida al exterior y atrajo más atención de la que ya tenía, en particular entre investigadores que cada vez se suman a la lista de espera para poder acceder al santuario ecológico.

Solo las solicitudes de investigación que llegan a la Dirección del Ministerio del Ambiente en la provincia de Orellana, donde se asienta la mayor parte del área protegida, se incrementaron de 25 en el 2008 a 45 en el 2009. En lo que va del año ya superan los 12 pedidos, refiere Ubilden Farías, responsable del Parque Nacional Yasuní.

Las investigaciones que versan sobre flora, fauna o las comunidades asentadas en la zona se realizan en las estaciones científicas de Yasuní, administrada por la Universidad Católica, y la de Biodiversidad Tiputini, de la Universidad San Francisco de Quito, señala.

“Aquí no se ha investigado ni el 10% de la biodiversidad existente, cada día se descubren nuevas especies de animales, nuevos datos, eso hace que el Parque se vuelva cada vez más interesante”, dice el biólogo.

Pero no solo son investigadores, al sitio también llegan además de periodistas, turistas, sobre todo europeos. Estas visitas se duplicaron del 2008 al 2009, año en que se registraron alrededor de cinco mil visitantes.

Acceder al sitio no es complicado y basta con ingresar, en el caso de turistas, con un guía especializado y con documentos que justifiquen su trabajo como investigadores.

La importancia del Yasuní trascendió incluso antes de los debates por la Iniciativa ITT, por los derrames de petróleo de la compañía Texaco, refiere Esperanza Martínez, presidenta de la organización no gubernamental Acción Ecológica.

Cada vez hay más estudios, informes, libros, documentos, videos, entre otros trabajos que poco a poco arman el rompecabezas de información que significa el Yasuní, dice Martínez.

domingo, 21 de febrero de 2010

600 charapas fueron liberadas en la comunidad Timpoca

El objetivo es la conservación y manejo sostenible del Patrimonio Natural y Cultural de la reserva de Biósfera Yasuní.
Redacción Sociedad

El proyecto para el manejo de las tortugas se ejecuta desde agosto de 2009. Se busca conservar el Patrimonio del Yasuní.

El jueves, 600 tortugas de la especie charapa fueron liberadas en Timpoca, comunidad huaorani ubicada en el Parque Nacional Yasuní.

Habitantesdel sector, delegados de la WWF y de la Embajada de los Estados Unidos, y el Director del Parque Nacional Yasuní estuvieron a cargo de la liberación. Estas tortugas crecieron en cautiverio.

Las charapas son tortugas acuáticas propias de los ríos y lagunas de la Amazonia. Su carne es muy apreciada, por lo que han sido cazadas en un gran número. A ello se agrega la depredación de sus huevos, que suelen enterrar en las arenas a orillas de los ríos. También es utilizada para la elaboración de productos como aceites y grasas.

Esta liberación se dio como parte del programa Manejo de tortugas charapas en dos comunidades huaorani y tres comunidades kiwcha de las riberas de los ríos Tiputini y Napo. Fue una de las actividades de monitoreo.

El objetivo es la conservación y manejo sostenible del Patrimonio Natural y Cultural de la reserva de Biósfera Yasuní. El Ministerio del Ambiente y Wildlife Conservation Society forman parte del proyecto que se ejecuta desde agosto de 2009, a través del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).

El proyecto surge como una estrategia de conservación de las tortugas charapas. Además, implica la construcción de playas artificiales para la incubación de huevos. Allí se realiza el manejo de las charapas eclosionadas (salir de la cría del cascarón) hasta que alcancen el tamaño adecuado para su liberación y así garantizar su supervivencia.

La contaminación de los ríos, la caza, el tráfico y otros factores ambientales ponen en riesgo la vida de las tortugas charapas.

Por lo que la Unión Mundial para la Naturaleza (UICN) la clasificó como una especie vulnerable. Existen dos especies de charapa o tortuga común de agua dulce (Podocnemis unifilis) y la charapa grande o puca (P. expansa). Habitan en Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Guyanas y Brasil.

Fuente:

domingo, 14 de febrero de 2010

Yasuní, un banco de información genética

Redacción Sociedad

En esta área protegida habitan miles de especies de fauna y flora. Los expertos dicen que es una gran fuente para el desarrollo biogenético.

El Yasuní no solo es un refugio de cientos de miles de especies, sino que esa riqueza natural constituye un verdadero banco de ADN, que puede ser aprovechado por la biotecnología y la industria.

Ese es el valor que resalta Pablo Jarrín, director de la Estación Científica Yasuní, sobre esta reserva natural ubicada en la Amazonia.

A su vez, un equipo de investigadores de las universidades San Francisco de Quito y Maryland, de EE.UU., concluyó que se trata del santuario más biodiverso de Sudamérica. En un informe emitido el mes pasado, se detalló que en una sola hectárea del bosque del Yasuní se calcula que existen 100 000 especies de insectos. Además, que contiene al menos 121 especies de reptiles, 596 especies de pájaros, 382 especies de peces y 204 especies de mamíferos.

También tiene un valor cultural y humano especial. Es el último rincón que queda para la supervivencia de los tagaeri y taromenane, que optaron por evitar el contacto con el resto de la población. Para su protección se estableció la Zona Intangible.
Con la intención de conservar esa riqueza natural y patrimonial, alrededor del Yasuní se han dado al menos cuatro designaciones. El 26 de julio de 1979 fue declarado Parque Nacional. Una parte de su territorio original pasó a ser territorio huaorani, con el propósito de permitirles un espacio propio para su desarrollo.
Además, es considerado un refugio de pleistoceno (una época geológica que comenzó hace 2,59 millones de años y finalizó hace 12 000 años). Y en 1989, por la variedad de flora y fauna en buen estado de conservación, la Unesco lo declaró Reserva de biósfera. Esta incluye al Parque Nacional y el territorio huaorani.
Pero su conservación está en permanente amenaza. Lo minan la colonización, el tráfico de madera y de fauna, además de la explotación petrolera.

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viernes, 12 de febrero de 2010

Después del Yasuní ya nada puede ser igual

Texto: Jaime Plaza. Fotos: Diego Pallero. Desde el Yasuní

Adentrarse en sus bosques y navegar por los torrentosos ríos de aguas turbias permite descubrir miles de seres y escenas únicas.

¡Alista un plan para que te vayas al Yasuní! ¡Qué bien! Esa disposición fue el salvoconducto a una inmersión en ese mundo verde de millones de seres que viven entre los gigantescos árboles y sinuosos ríos de aguas turbias.

A media tarde del jueves 14, en la ajetreada sala de Redacción surgió la idea de encomendarme una misión: constatar cuál mismo es el tesoro que guarda el rincón más extremo del hoy tan mencionado Parque Nacional Yasuní.

Había que documentar la riqueza de este santuario natural antes de que alguien decida ir por el oro negro oculto en sus entrañas, en el bloque Ishpingo-Tambococha-Tiputini (ITT).

Y la expedición empezó, aunque por un mal cálculo de tiempo y el caotizado tránsito vehicular de Quito perdí el último turno aéreo del lunes 18 al Coca. La alternativa era un viaje de 10 horas en bus. Pero temprano al siguiente día, tras un vuelo de 30 minutos, ya estuve en la urbe amazónica, puerta de ingreso al Yasuní.

El tortuoso trámite de un permiso de ingreso y los titubeos del administrador de la lancha demoraron la salida a Nuevo Rocafuerte. A más de 300 km aguas abajo por el río Napo, es el poblado más próximo al ITT.

El viaje en deslizador, cuyo alquiler cuesta USD 800, ayuda a llegar al primer destino en 6 horas. La otra opción es la lancha del Consejo Provincial de Orellana, cuyos turnos son los martes, jueves y sábado. Cuesta USD 15, pero tarda como 14 horas.

Paisaje del Parque Nacional Yasuní. Zona de explotación del ITT

Al fin zarpó la misión hacia el Dorado amazónico. Me acompañaron el capuchino José Miguel Goldáraz, la madre Tania y mi compañero, Diego Pallero, responsable de filmar y hacer cientos de fotos de paisajes y de todo lo que se mueve en el bosque o río.

Frenazos repentinos o zigzagueos pronunciados de la lancha advertían de que el caudal del Napo está tan bajo que, por estos días, navegarlo resulta una odisea. Aún así es una vía transitada por lanchas, canoas a remo y gabarras cargadas de tanqueros, volquetas, camiones, contenedores... que abastecen a las petroleras y a los pueblos de la zona.

Se pasó por Pompeya, una suerte de mercado donde se vende carne de selva; Edén Yuturi, Yanayacu (donde está el pozo Tiputini) y otros. Unos sándwiches de atún y refrescos apaciguaron el hambre. Hasta que, en pleno atardecer, apareció Nuevo Rocafuerte.

Allí, aunque hay un cierto orden en el trazado de ocho cuadras de largo por dos de ancho, la mayoría de sus 1 000 habitantes se lamenta por el abandono. Hace 8 años el alcalde se llevó la sede del Cabildo a la parroquia Tiputini, al otro lado del Napo. Hay pasos cebra en las esquinas, pero ni un solo vehículo, apenas cuatro motos. El traslado de una comunidad a otra se hace en lancha, aunque es complicado porque cada galón de gasolina cuesta USD 3 y es un producto restringido.

¡Qué alivio! Desconectado de todo, porque no hay señal de celular y apenas se sintoniza la emisora HCJB. La TV se capta solo por satélite. Una habitación con paredes de madera, en el Hotel Oropéndola -hay tres más- fue suficiente para recuperar energías y al siguiente día continuar con la aventura en el Yasuní.

En una lancha, César Rodas, un ex obrero de petroleras, nos guió por el río Yasuní, justo en el límite con Perú. Mientras avanzábamos, el bosque empezó a maravillarnos. Aves como el Martín Pescador o el Cacique entre los frondosos árboles y las pequeñas tortugas charapas que tomaban sol sobre algunos troncos.

Hasta que tras dos horas de navegación, apareció un delfín rosado. Pero tan esquivo que Diego apenas pudo captarlo. Al adentrarnos en el bosque se reforzó la afirmación de que es un santuario de biodiversidad. Ni se diga cuando descubrimos un nido de perdiz con cuatro huevos de azul intenso o unos bulliciosos guacamayos en las copas de ceiba de hasta 40 m y un carpintero con su estruendoso toc, toc, toc. Rodas insistía que con más tiempo y paciente vigilancia se puede ver saínos, pecaríes y más.

No podía faltar la acogedora bienvenida de la naturaleza. De eso se encargaron unos diminutos, pero feroces insectos parecidos a unas garrapatillas que se habían pegado al cuerpo y se dieron su festín de sangre extraña. Luego vino un baño inesperado ante un intenso aguacero, que enseguida dio paso a una invasión de vapor que emanaba del río, apenas volvió a aparecer el sol. Y para qué decir más: el Yasuní es un paraíso.

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miércoles, 10 de febrero de 2010

Un hospital de alta calidad en plena selva

El ‘doctor padre’. Manuel Amunarriz explica el funcionamiento del rayos X digital, recién inaugurado
Redacción Sociedad
Esta casa asistencial atiende a pacientes de la frontera ecuatoriano e incluso peruana. Dispone de tecnología moderna y las consultas son gratuitas.

Parasitosis, diarreas, afecciones virales y respiratorias, lesiones de la piel... están entre las mayores patologías que afectan a los habitantes de Nuevo Rocafuerte y del cantón Aguarico en general.

Pero también hay en menor escala casos de leishmaniasis, hongos en el pulmón e intestino.

Esos cuadros son atribuidos al clima tropical de esta zona. Y que se complican por el aislamiento y la lejanía en que se encuentra. A este sector, a más de 300 km del Coca, Orellana, en el extremo noreste de la Amazonia, solo se llega en lanchas, navegando por el río Napo. Es la población más cercana al bloque petrolero Ishpingo-Tambococha-Tiputini, en el Yasuní.

Eso también hizo que antes se presenten problemas obstétricos o de pacientes con traumatismos, que deben ser trasladados en canoas a remo o a motor. Esa situación hace que se compliquen los cuadros.

Frente a ese panorama difícil, el Hospital Franklin Tello, de Nuevo Rocafuerte, se convirtió en un centro asistencial referencial para la gente de esta zona.
Hoy atiende entre 20 y 30 pacientes diarios. Tal es la demanda que, pese a que Aguarico tiene unos 6 000 habitantes, en los archivos del hospital hay 10 000 historias clínicas. Además de la gente de la zona, acuden pacientes de la frontera norte de Perú. En este sector aparte de los de este centro no hay más médicos.

Su director, el capuchino español Manuel Amunarriz, insiste que hoy este centro hospitalario cuenta con equipos modernos. En una de las salas está instalado un equipo digital de rayos X, inaugurado hace tres semanas. Además tiene un área para terapia intensiva y otra para telemedicina. La conexión es con el centro base en la Universidad Tecnológica Equinoccial, en Quito, a través de un satélite colocado por el Ministerio de Defensa.

Pero para alcanzar las actuales condiciones, Amunarriz puso a prueba su tenacidad, a parte de la vocación. Recuerda que hace 39 años, cuando llegó a Nuevo Rocafuerte, encontró un hospital muy limitado. Funcionaba en un local con paredes de madera hecho por el Municipio y encomendado desde 1965 a la Vicaría de Aguarico. “Disponía de un microscopio, rayos X y reactivos de coloraciones para microscopía, además de la asistencia de dos religiosas como enfermeras. Pero tampoco era suficiente para una buena atención”.

Durante muchos años, Amunarriz fue el único médico que atendió allí. Llegó con algo de experiencia en tratamiento de patologías tropicales y conocimientos en microscopías. Pero, ante la dificultad de traslado al Coca y otras urbes, improvisó como cirujano para operaciones como cesáreas, politraumatismos y otras. Hasta hizo de dentista, en especial al visitar a huaorani y kichwas como misionero.

En los años siguientes, con el apoyo del Municipio, se construyeron nuevos pabellones para montar un laboratorio más amplio, sala de partos y de descanso para el personal. En un recorrido por el hospital se puede evidenciar las buenas condiciones.

Mucho depende de las gestiones de Amunarriz y las de su congregación. Por ejemplo, para cubrir los USD 110 000 que costó el equipo de rayos X recurrió a una multicolaboración del Ayuntamiento del Tudela, España y varias ONG.

A su vez, el Ministerio de Salud aporta con el sueldo para cuatro internos y enfermeras, y con alrededor de USD 17 000 anuales para mantenimiento del hospital y con un ‘stock’ de medicinas.

Amunarriz, ha atendido al menos a tres generaciones de la población local. Entre estas está la familia de Zaira Erazo, quien reconoce que la atención es buena y que ellos acuden con confianza. Hoy al ‘padre doctor’, como lo conocen, le preocupa un rebrote agudo del mal de Chagas, causado por un chinche. “De entre 2 030 muestras analizadas, hay 73 casos positivos”.

Hospital binacional

El Ministerio de Salud, mediante Acuerdo del 8 de enero, le nombró hospital referencial para la red binacional de salud de la cuenca del Napo.
Manuel Amunarriz, además del sacerdocio, se graduó en Biología en la Universidad Complutense y en Medicina, en la de Navarra, Pamplona, España.
La consulta es gratuita. Además tiene una farmacia donde hay medicamentos a precios módicos.

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