sábado, 5 de noviembre de 2011

Ballena azul en Isabela

Desde Las Encantadas 
Paula Tagle
nalutagle@eluniverso.com

“Es definitivamente una ballena de barbas, criatura de más de 14 metros de largo. ¿Será que no ha sacado del agua la totalidad de su cuerpo?”.

Avistamientos inolvidables


¿Ballena de aleta o ballena de Sei? ¿Qué sería aquel cuerpo gigantesco que cruzaba el océano, como cuchilla fina deslizándose a través de un delicioso flan de coco? La neblina nos acosa desde cada punto cardinal. Sabemos que hay una isla al este de la proa, que es la más grande, Isabela, pero esto es gracias al radar. 
Es como si el mundo fuera un cúmulo de nubes rodeando escasos metros cuadrados de mar, y en ellos, una ballena. Cruza silenciosa, apenas se escucha su soplido, poderoso suspiro cargado de sal y nostalgias por aquellos días cuando eran abundantes y felices. 
La columna de vapor que emerge al aflorar de lo profundo, asemeja un gigantesco árbol de ceibo que desde el mar extiende sus ramas para tocar el cielo. Fernando, el oficial, ha sido el primero en avistarla, Fernando, el naturalista, cree que se trata de una ballena Sei. 
Yo sueño conque sea una ballena de aleta. No nos cabe duda de que se trata de una ballena del grupo de las rorcuales, ballenas sin dientes, de grandes dimensiones, comedoras de plancton, en general solitarias. No hemos podido percibir más que el soplido, casi nada de su aleta. ¿O es que no tiene aleta? ¿Cuál de las especies de ballena carece de aleta dorsal? Buscamos en los libros, la jorobada, con su giba bastante obvia. Los cachalotes que exhiben a lo largo de su lomo pequeñas hendiduras y protuberancias. 
Pero no, esto es definitivamente una ballena de barbas, criatura de más de 14 metros de largo. ¿Será que no ha sacado del agua la totalidad de su cuerpo? El capitán Pablo Garcés nos acerca. La miramos mejor. El cielo comienza a aclararse, ya se distingue el volcán Ecuador, estamos dentro de su colapsada caldera; National Geographic Islander, ballena y sesenta humanos, inmersos en el corazón de un volcán.
Gilda atina a ver el color de su piel: azul, moteado. No puede ser, no me lo creo. ¿Y dónde está la aleta dorsal? De pronto la ballena aparece junto al barco, fue ella quien vino a nosotros, que respetuosos manteníamos una distancia prudencial. ¿Será que se siente sola en estos mares donde tantos de los suyos han sido asesinados durante siglos, y, lo que es peor, siguen siendo asesinados? Hace un poco de spy hopping, es decir,  saca la cabeza mientras su cuerpo flota vertical en el agua. Nos está “espiando”, quiere aprender de esta especie rara, capaz de maravillarse ante una criatura de las profundidades, y capaz también de exterminarla. 
¿Quiénes somos? En el silencio nos identificamos en esta reflexión: ¿quiénes, o qué somos los humanos? ¿Y quién es ella? Gilda da el veredicto final, ballena azul. El mamífero más grande que jamás haya habitado el planeta. Bastante pequeña para ser azul, pero hay que recordar que los balleneros siempre prefirieron a los individuos más grandes, y a lo largo del tiempo, esta “selección” antinatural, ha reducido el tamaño promedio de las ballenas. 
¿Y qué pasó con la aleta? Está rota, como si se la hubieran mordido, ¿tal vez una orca? ¿O nació así, como el Nemo de Disney, con una aletita diminuta? ¿O habrá sido el efecto de un arponazo de balleneros? Nunca lo sabremos. La ballena se nos acerca una segunda vez, viene directo a la proa. Nos mira, así como nosotros la miramos. Trata de entendernos, tal como nosotros tratamos de entenderla. De igual a igual, con respeto de ambos lados y genuina curiosidad. Que así fueran todos los encuentros entre especies, y por qué no, entre nosotros mismos, humanos de etnias diferentes, pero habitantes iguales de este planeta azul.
Fuente: La Revista Guayaquil, Ecuador

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