sábado, 6 de agosto de 2011

El cálido mar de la Isla de la Plata, un elíxir para las ballenas jorobadas

EFE | PUERTO LÓPEZ
Las cálidas aguas de la Isla de la Plata, frente a las costas de Ecuador, se convierten entre junio y septiembre en un elixir que atrae a cientos de ballenas jorobadas que llegan desde Antártida.

Se calcula que son más de 2.000 las que abandonan ese gélido hábitat para avanzar más de 16.000 kilómetros a aguas ecuatoriales en el océano Pacífico, bordeando la silueta de Suramérica por Perú y Colombia, pasar por Costa Rica y llegar hasta México.

Muchas de ellas se quedan en el mar de Ecuador, frente a las costas de la provincia de Manabí, donde encuentran las condiciones propicias para comer, aparearse y parir.

La confluencia en la línea ecuatorial de las corrientes fría de Humboldt y cálida de El Niño convierten a esa zona marina en una tibia bañera, ideal para estos grandes cetáceos.

Su presencia ha sido aprovechada por el hombre y su mercado turístico, que ha visto un buen negocio en las danzas y saltos espectaculares de estos animales.

A las jorobadas no parece interesarles el comportamiento humano y en determinados momentos del día brindan un espectáculo sin igual, con los acrobáticos saltos de sus voluminosos cuerpos, de entre 9 y 15 metros de largo y hasta 30 toneladas de peso.

Juguetean muy cerca de la Isla de la Plata, situada a 40 kilómetros al oeste de Puerto López y cuya orografía, fauna y flora son muy parecidas a las de las Galápagos, alejadas casi mil kilómetros en el océano.

En Puerto López dos son los paquetes más promocionados para avistar a los cetáceos: una ruta para verlos en el mar y otro para, además de ello, visitar la Isla de la Plata.

El primero cuesta unos 20 dólares y toma unas cuatro horas, mientras que el segundo duplica el valor y el tiempo.

Milaidy es una joven operadora que ofrece los tours a los cientos de turistas que deambulan por el malecón de Puerto López donde, además, decenas de chiringuitos ofrecen típicas comidas con productos del mar y refrescantes bebidas de frutas exóticas.

Los extranjeros prefieren el trayecto hasta la Isla de la Plata, donde logran acercarse a la realidad de las Galápagos, la joya de la corona del turismo ecuatoriano.

Cientos de miles de aves la pueblan. Piqueros de patas azules, gaviotas y fragatas, algún albatros, pinzones, lagartijas y hasta lobos marinos habitan en la Isla de la Plata, de unas 1.200 hectáreas de superficie.

La isla forma parte del Parque Nacional Machalilla y está protegida por el Estado, no tiene habitantes, aunque posee una edificación para albergar a los guardias del Ministerio de Turismo, que se turnan para vigilar su conservación.

Galo, uno de los guías turísticos de la zona, explicó a Efe que hay dos versiones sobre el nombre de Isla de la Plata. La primera tiene que ver con los supuestos tesoros escondidos en ella por el pirata Francis Drake, famoso en el siglo XV por atacar galeones españoles.

Sin embargo, la versión más aceptada es que así la bautizaron los marineros que, en días soleados, la veían a lo lejos brillar como si fuera de plata, por el reflejo argentado que refleja la gran cantidad de estiércol de las miles de aves que pueblan sus acantilados.

El guía recuerda que muchas personas, en el pasado, escudriñaron la isla en busca de los supuestos tesoros de Drake, pero se desconoce si los encontraron o no.

Pero, según Galo, el verdadero tesoro de la isla es su esplendorosa vida natural, su bosque seco tropical y las ballenas jorobadas.

Al estar protegida, sólo una decena de yates turísticos están autorizados a realizar la travesía entre Puerto López y la isla y cada embarcación puede trasladar un máximo de dieciocho visitantes.

En temporada, unos 20.000 turistas realizan el tour a la Isla de la Plata, aunque son muchos más los que prefieren sólo el cómodo trayecto para el avistamiento de ballenas.

El incremento de este tipo de turismo y de la pesca artesanal en la temporada ha llevado a las autoridades a aplicar estrictas normas para minimizar los efectos de las actividades humanas sobre los cetáceos.

Después de todo, son las ballenas jorobadas las verdaderas amas de la gigante piscina que las espera todos los años frente a las costas ecuatorianas.

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